Lumbra

Seriedad accidental

Estoy poco seria este viernes, recomiendo para quitarle seriedad a algún asunto escuchar rumba catalana, no es posible estar mohino con esto.

El taller está lleno de cosas bonitas y es muy pronto y estoy trabajando porque el verano familiarmente hablando se ha acabado.

Y voy a reflexionar.

Accidentes. 

Explica Irene Vallejo en El universo en un junco que se conservan algunas de las primeras tablillas por «accidente» (acompaño un fragmento del texto más abajo). 

Esta idea me ronda por la cabeza hace meses.

Estoy inmersa en un curso taller anual de Karishma Chunagui, explorando la alegría, dibujo, escribo, recorto… exploro la alegría con mucha seriedad. 

La seriedad ya la he explorado con mucha seriedad, eso acaba siendo gracioso.

Me gusta mucho el accidente como método de trabajo, he escuchado en cursos a alguna persona decir que el accidente hay que tenerlo controlado… que en realidad el resultado si es fruto del accidente es que hay falta de técnica y patatín y patatán.

Pues pasa que si mi trabajo no se accidenta no me interesa nada de lo que veo, porque lo que capta mi interés es lo que pasa con las piezas cuando deja de pasar lo que tenía que pasar, en esa grieta comienza la diversión y chisporrotean mis conexiones neuronales. Y la diversión está muy bien. Digan lo que digan las personas que se quieren poner muy serias todo el rato.

«En las riberas de los ríos de Mesopotamia no había juncos de papiro, y escaseaban otros materiales como la piedra, la madera o la piel, pero la arcilla era abundante. Por eso los sumerios empezaron a escribir sobre la tierra que sostenía sus pasos. Conseguían una superficie para escribir modelando pequeñas masas de arcilla de unos veinte centímetros de longitud, con forma rectangular y aplanada, parecidas a nuestras tabletas de siete pulgadas. Y desarrollaron un estilo de escritura a base de hendiduras de punzón en la arcilla blanda. El agua borraba las letras escritas sobre el barro pero, a cambio, el fuego, que ha sido verdugo de tantos libros, cocía las tablillas de arcilla igual que un horno de alfarero, haciéndolas más duraderas. La mayoría de las tablillas que los arqueólogos han rescatado se conservan precisamente porque ardieron en las llamas de un incendio. Los libros ocultan historias increíbles de supervivencia; en raras ocasiones —los incendios de Mesopotamia y Micenas, los vertederos de Egipto, la erupción del Vesubio—, las fuerzas destructivas los han salvado.«

Fragmento de El infinito en un junco de Irene Vallejo

«Las fuerzas destructivas » este tipo de fuerzas destructivas, el horno y el fuego del soplete transforman el material de maneras insospechadas, doblan, endurecen, reducen, expanden…pasan cosas. Insospechadas. Ahora voy a tener que pensar en eso.

Pues entonces te cuento que sigo adelante con mis roturas y variantes y prontísimo verás el resultado.

Mientras irás viendo por Instagram los procesos, y alguno de ellos solo los mandaré a las personas suscritas, así que gracias por seguir aquí.

El pescailla. Tarantino amaría a Antonio González.

Este bolero («Se te olvida») lo he cantado mil veces, me gustan los boleros y la copla. Cosis de señoras.

Este bolero a la rumba catalana me está alegrando las 9:36

Yo no soy de la estatura de tu vida, menuda frase y te devuelvo tu promesa de adorarme…


Un saludillo.
Andrea & seriedad que tienes un soplete.